domingo 20 de febrero de 2011  
Puñihuil
La revolución Puñihuil de los pingüinos
 
¿Puede un grupo de pingüinos hacer una revolución? En Puñihuil, al menos, sí. En los últimos años, esta caleta ubicada al oeste de Ancud se ha transformado en uno de los grandes destinos turísticos de Chiloé y, de paso, le ha cambiado la vida a sus habitantes. Ésta es la historia de una revolución que aún no ha terminado. Y que ahora contará con un nuevo protagonista: las ballenas azul  

Por Sebastián Montalva Wainer, desde Puñihuil, Chiloé. Fotografías: Héctor Aravena. 

Hace unos veinticinco años, en Puñihuil no había nada. O sea, nada aparte de pescadores, botes de madera, locos entre las rocas y tres islotes frente a la playa que, como solían contar los más viejos, se habían formado con el terremoto del 60 y donde, cada verano, cientos de pingüinos llegaban a alterar la monotonía del paisaje para luego irse de allí casi sin dejar rastro.

Por entonces, muy pocos les llamaban pingüinos. De hecho, algunos ni siquiera sabían distinguirlos muy bien. Para ellos eran, simplemente, "patrancas" (nombre chilote para los pingüinos). Unos curiosos animalitos que, por aún más curiosas razones, estaban atrayendo a pálidos gringos que, cámara en mano, rogaban para que un bote los dejara en alguno de los islotes y más tarde los pasara a buscar para volver a Ancud, de donde venían.

Héctor Galindo se acuerda muy bien de todo eso. Desde 1987 que conoce bien este lugar. Tal como muchos, llegó por la llamada "fiebre del loco" y, por cierto, también contribuyó con sus manos a formar las enormes rumas de moluscos que salían diariamente de allí en camiones hacia Puerto Montt. Cierta vez, Héctor Galindo, que también trabajaba de taxista, no vino solo. Esa mañana en Ancud, un turista canadiense le había pedido que lo llevase a Puñihuil para ver de cerca a los pingüinos que él sabía anidaban allí cada verano. La carrera era buena y Galindo, por cierto, la hizo. Giró la llave de su taxi, salió por la costanera, se fue bordeando el Pacífico y, una vez en Puñihuil, contactó a su amigo Fernando Ávalos para que llevase a su pasajero en el mismo bote de madera con el que había salido a pescar en la mañana.

Al volver del islote, el canadiense estaba encantado. Le confesó a Galindo que él ya había recorrido el mundo, pero que este lugar le había parecido, simplemente, único. Al taxista, entonces, le brillaron los ojos. Y hoy, sentado en el restaurante que construyó varios años más tarde frente a la bahía, minutos antes de subirse nuevamente a su lancha con turistas, asegura:

-Ahí fue cuando caché que esto iba a ser un gran negocio.


 Hoy, Puñihuil es uno de los destinos turísticos más famosos del noroeste de Chiloé. En enero y febrero llegan hasta aquí alrededor de 20 mil turistas sólo para ver de cerca a las colonias de pingüinos de Humboldt y Magallánicos que escogieron este lugar para poner sus nidos. Y que, de paso, revolucionaron para siempre la vida de sus habitantes.

 En Puñihuil, cinco ex pescadores -los únicos que cuentan con el permiso municipal para navegar entre los islotes- son hoy prósperos empresarios que, sin cuello ni corbata, siguen navegando todos los días en sus botes y viendo cómo les entra la plata a borbotones. O, al menos, como nunca se lo hubiesen imaginado.

 -Yo tengo un kilo de monedas de todo el mundo -cuenta Fernando Ávalos, mientras se prepara para salir a navegar otra vez-. Incluso tenía una con el rostro del Che Guevara, pero me la robaron.

 Fernando Ávalos -y su mujer, Luz María Oyarzo- fueron pioneros en las navegaciones turísticas hacia las pingüineras. Ávalos, por ejemplo, llevaba un buen tiempo haciendo esto cuando llegó la Fundación Otway, en 1997, el año del "despegue" turístico de Puñihuil.

 A cargo del alemán Horst George, la fundación haría famoso a este lugar en el extranjero y, por cierto, también comenzaría a llevar turistas a los islotes: primero en los mismos botes de los pescadores, luego en unos zodiacs que eran manejados por sus propios voluntarios venidos de distintas partes del mundo (lo que, a final de cuentas, significaría la enemistad de los locales con George, quien abandonó Puñihuil en 2009 y dejó sus terrenos a Conaf, hoy encargado de proteger estos islotes).

 Fue por entonces, a fines de los noventa, que aparecería en escena el resto de los protagonistas de esta historia: Raúl Altamirano, quien ya tenía un restaurante con su mujer, El Rincón del Caleuche (donde hacen las empanadas de loco-queso más adictivas que este reportero recuerde); Héctor Galindo, el taxista que luego tuvo van y agencia turística en Ancud, y hoy es dueño de bote, tienda de artesanías y del Costa Pacífico, el restaurante gourmet de Puñihuil; y, finalmente, los hermanos Francisco y Miguel Altamirano, primos de Raúl, también propietarios de restaurantes y cabañas en el sector.

 Todos viven hoy frente a los tres islotes de oro. Todos salen a la mar entre las diez y las ocho de la noche. Ya nunca más para pescar. Y, nunca más, por tan sólo un par de monedas. Ahora, en cambio, cada salida tiene un precio fijo: 5.000 pesos por persona. Cada bote zarpa seis veces al día y puede llevar máximo a diez pasajeros. Y en verano van llenos. ¿El saldo por temporada? Aproximadamente, 300 mil pesos diarios por embarcación. Es decir, unos 9 millones de pesos mensuales para cada empresario.

 Y todo gracias a los pingüinos. A los benditos pingüinos.

Sin embargo, esto no siempre fue así. Durante varios años, las peleas entre los protagonistas de esta historia iban y venían. Apenas aparecía un turista, cada uno hacía lo posible por llevarlo a sus botes. Había tipos desesperados haciendo señas, negociando precios, captando clientes. Cabros chicos venidos de Ancud, "contratados" por estos nuevos empresarios, tratando de agarrar algo, lo que fuera. La navegación, por lo mismo, a veces llegaba a costar 500 pesos por persona.

Un buen día de 2003, dos forasteras aparecieron por aquí. Venían en un largo viaje desde Arica, siguiendo la pista de ballenas en las costa chilenas. Elsa Cabrera y Bárbara Galletti, del Centro de Conservación Cetácea (www.ccc.chile.org), sabían de la presencia histórica de cetáceos en la zona. Y ahora, por datos de locales, habían llegado hasta Puñihuil, donde en los últimos días se comentaban varios avistamientos.

-Hoy podemos decir que en Puñihuil, específicamente la zona que va entre el canal de Chacao y la isla Metalqui, está la mayor concentración de ballenas azules del Hemisferio Sur. Tenemos registrados más de 300 individuos -asegura Bárbara Galletti seis años después de aquella primera vez, mientras observa con sus binoculares la inmensidad del Pacífico desde el espectacular punto de observación panorámico que tienen en Duhatao, un caserío al sur de Puñihuil donde funciona, entre febrero y abril, su cuartel de investigaciones cetáceas.

Las científicas de la CCC llegaron a Puñihuil por las ballenas, pero se encontraron con los pingüinos. Y, también, con este grupo de pescadores peleados que, ante sus ojos conservacionistas, terminarían por destruir un ecosistema único en sólo un par de años. Entonces decidieron actuar. Así nació el llamado Proyecto Alfaguara.

-Al principio fue bien difícil -recuerda Elsa Cabrera-. Los pescadores habían tenido malas experiencias y que llegáramos nosotros les parecía cuento repetido.

Sin embargo, los contactos fueron rindiendo frutos poco a poco. La CCC ganó un proyecto de innovación en 2006 y, dinero en mano, comenzó a capacitar a los incipientes empresarios de Puñihuil en temas como turismo sustentable y educación ambiental. Incluso, logró llevarlos de viaje a Península Valdés, en Argentina, para que vieran en terreno lo bien que funcionaba allí el turismo con ballenas francas australes.

-Ellos eran pescadores igual que nosotros. Y ahora son grandes empresarios -reflexiona Héctor Galindo cuando recuerda esa experiencia.

-Allí entendimos los beneficios del ecoturismo, y que nosotros debíamos ser los protagonistas de nuestro destino -continúa Luz María Oyarzo, la presidenta de Ecoturismo Puñihuil, la agrupación que nació por esos días y que hoy integran cuatro de los cinco empresarios originales. Gracias a ella pudieron, como dicen, "dejar de lado la competencia" (fijaron un mismo precio para todos los botes) y "tomar conciencia de la vulnerabilidad del ecosistema" (la CCC lideró un estudio de carga que concluyó que sólo se harían seis viajes diarios por bote, cada veinte minutos, e incluso apoyó la creación de una ordenanza municipal que regula la observación de fauna silvestre).

La agrupación, entonces, comenzó a soñar en grande. Y ahora se prepara para su próximo gran paso, la nueva revolución de Puñihuil: tras ganar un proyecto Sercotec de 28 millones de pesos, podrán finalmente tener su añorada embarcación de fibra de vidrio con cubierta para 10 pasajeros y, con ello, salir mar adentro en busca de ballenas azules. El barco aún no está en el agua: falta que llegue desde Puerto Montt y esté cien por ciento operativo (y, además, que se cumpla con un burocrático procedimiento que exige el proyecto, para asegurar que el dinero se invierta efectivamente en la embarcación), pero la idea es hacer el primer viaje de aquí a marzo. Al menos, ya tienen contactado al operador que los "venderá" en el extranjero, Austral Adventures (www.austral-adventures.com). Y tienen un programa base de cuatro días, que incluiría observación de fauna asociada, caminatas por los alrededores, alojamiento y comidas.

Y, por cierto, ya tienen lo más importante: las ballenas azules.

El caso de Puñihuil no tiene precedentes en Chile. Hasta ahora, aunque el servicio sigue teniendo deficiencias (un reclamo usual en el libro de visitas: a los guías les falta preparación y no son bilingües), no hay ejemplo similar de una comunidad que, desde sus bases, se haya organizado para ofrecer el llamado "ecoturismo sustentable" y cuente, además, con estudios científicos previos y ordenanzas municipales que regulen, en este caso, el avistamiento de pingüinos. Ni en Punta de Choros, ni en San Pedro de Atacama ocurrió así, por citar dos casos similares. El modelo incluso ha sido tema de estudio: la CCC, por ejemplo, lo ha expuesto en conferencias en Uruguay o en la isla de Martinica.

-Hace unos años en Quellón aparecieron ballenas azules y algunas personas comenzaron a ofrecer tures de avistamiento -cuenta Bárbara Galletti-. Pero no había ningún estudio científico. En el Golfo del Corcovado la probabilidad de ver ballenas es mínima. Por eso la gente se iba decepcionada, pensando que la habían estafado.

La idea en Puñihuil fue hacer, justamente, lo contrario. La CCC les pidió un plazo de cinco años a los empresarios locales antes de iniciar el avistamiento de ballenas. En ese período, pudieron determinar la población de individuos y conseguir un importante dato estadístico: la probabilidad de ver ballenas azules entre Puñihuil y la isla Metalqui (la ruta que se piensa ofrecer cuando la embarcación esté lista) es hoy de un 94 por ciento. ¿El problema? Son pocos los días por temporada en que realmente se puede navegar a mar abierto en esta zona: en tres meses, por ejemplo, los científicos de la CCC han salido solamente entre 12 y 17 veces. Pero hay un punto a favor: lo han hecho siempre en un pequeño bote pesquero, no en una embarcación mayor como la que piensan adquirir ahora los empresarios de Puñihuil.

Sin embargo, Luz María Oyarzo, la presidenta de la agrupación, no quiere cantar victoria. Hasta que no vea el barco flotando en la bahía ni turistas preparándose para zarpar, prefiere pensar que no ha logrado nada. Así lo hizo hace 17 años, cuando llegó a Puñihuil a trabajar en la caleta con su marido. Así lo hizo cuando decidió formar Ecoturismo Puñihuil y, con ello, montar todo un destino turístico en la bahía, ganar proyectos, viajar a Península Valdés e, incluso, ser invitada con todo pagado a Japón a un curso de fomento de pymes organizado por la Jica (Agencia de Cooperación Internacional de Japón).

Y así lo está haciendo ahora, mientras camina al atardecer por la bahía y piensa en su historia.

-Todas las cosas en mi vida me han pasado así. Yo quiero luchar. Quiero ganarme un lugar. Nosotros no teníamos nada. Puras ilusiones, un bote de madera y los pingüinos.

Y los pingüinos.

"Ellos eran pescadores como nosotros. Ahora son grandes empresarios", dice Héctor Galindo (en la foto) sobre su experiencia en Península Valdés, Argentina.

DATOS PRÁCTICOS
Llegar
Lan vuela a Puerto Montt desde 57.000 pesos, tasas incluidas. De allí se puede tomar un bus a Ancud y luego un taxi a Puñihuil, que está 28 kilómetros al oeste de la ciudad.

Navegar
La temporada de pingüinos va de noviembre a marzo. Hay cinco botes que salen cada veinte minutos, de 10 a 19:40 horas. El paseo cuesta $5.000 adultos y $3.000 niños, y debe reservarse al menos un día antes. El servicio lo opera la agrupación Ecoturismo Puñihuil, que también cuenta con cabañas y restaurantes y ahora espera tener su embarcación para salir a ver ballenas azules entre diciembre y marzo, los meses en que están llegando constantemente a alimentarse en estas costas. Reservas al cel. (09) 8317 4302; www.pinguineraschiloe.cl

 

Por Sebastián Montalva Wainer, desde Puñihuil, Chiloé. Fotografías: Héctor Aravena..

   
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